La historia de John D. Rockefeller: el primer multimillonario

Portada del artículo sobre la historia de John D. Rockefeller, con ilustración de una lámpara de queroseno y un puño emergiendo de la llama

En resumen: John D. Rockefeller (1839-1937) fundó Standard Oil, llegó a controlar cerca del 90% de la refinación de petróleo en Estados Unidos y se convirtió en el primer multimillonario de la historia del país. Su patrimonio alcanzó unos 900 millones de dólares en 1913; ajustado solo por inflación, esa cifra ronda los 29.000-30.000 millones de dólares actuales, pero medida por su peso dentro de la economía estadounidense de su época puede superar los 400.000 millones. Por eso todavía suele ubicarse entre las personas más ricas de la historia moderna. Pero su historia no termina en la acumulación: tras retirarse donó entre 530 y 540 millones de dólares y se transformó en el mayor filántropo de su tiempo.

Su nombre quedó grabado en la historia como el hombre más rico del mundo. Pero la historia de John D. Rockefeller no fue solo una sucesión de éxitos deslumbrantes: hubo pobreza, un entorno familiar inestable y críticas feroces del público. En medio de esos vientos en contra, construyó un imperio gigantesco usando dos armas que la mayoría subestima: los números y la disciplina.

Entender cómo Rockefeller se hizo rico —y a qué costo— dice más sobre la construcción de riqueza que cualquier fórmula de motivación. Esta es la historia de John D. Rockefeller: cómo lo hizo, y qué puede aprender de ella un emprendedor hoy.

Retrato fotográfico que ilustra la historia de John D. Rockefeller, fundador de Standard Oil
John D. Rockefeller, el hombre que convirtió la disciplina contable en el mayor imperio del siglo XIX.

Quién fue John D. Rockefeller: biografía y orígenes

John D. Rockefeller (John Davison Rockefeller, Sr.) nació el 8 de julio de 1839 en Richford, Nueva York. Fue el segundo de seis hijos y el primer varón.

Su padre era un vendedor ambulante parecido a un “estafador”, que vendía medicinas dudosas autodenominándose “médico botánico”. A veces lo temían tanto quienes lo rodeaban que lo apodaban “Devil Bill” (Bill el Diablo). A menudo estaba fuera de casa por negocios, y su naturaleza desenfrenada generaba una inestabilidad familiar que marcaba al joven John.

De él aprendió de primera mano una lección dura: “No confíes en la gente fácilmente; solo puedes confiar en los números“. La familia vivía en la pobreza, y John ayudaba con los gastos vendiendo pavos y vegetales que cultivaba, dulces, o prestando dinero.

Su madre, en cambio, era una devota bautista de estrictas creencias religiosas. Inculcaba repetidamente a sus hijos la importancia de la frugalidad, el servicio y el registro de las cuentas. John iba a la iglesia todos los domingos, se familiarizó con la Biblia desde pequeño y fue criado para donar siempre el 10% de la mesada que le daba su madre a la iglesia, y para anotar todos sus gastos e ingresos en un libro de contabilidad. De ella, según se dice, aprendió “la importancia del trabajo y el espíritu de frugalidad”.

Más tarde, la familia se mudó a Cleveland, Ohio. John era bueno en matemáticas y contabilidad; durante la secundaria tomó un curso de negocios en una escuela de comercio para aprender teneduría de libros. Después de graduarse, trabajó como contable en una empresa comisionista de cereales y otros productos, y se ganó una sólida reputación por su trabajo honrado.

Lo primero que hizo al conseguir ese trabajo a los 16 años fue comprar una libreta roja por 10 centavos, llamarla “Ledger A” (Libro Mayor A) y registrar meticulosamente sus ingresos y gastos. Esa libreta se mantuvo a su lado hasta el día de su muerte, incluso después de haber acumulado la mayor riqueza del mundo.

La disciplina del diezmo venía de la misma raíz. Su madre le había enseñado a cumplir algunas “promesas”, y una de ellas era ofrecer el diezmo: donar una décima parte de los ingresos. John la cumplió toda su vida.

De niño donaba el 10% de su mesada; al conseguir su primer trabajo, donaba el 6%, el 10%, lo que su escaso salario le permitiera. Eso no cambió ni siquiera cuando ya lo llamaban el rey del petróleo: quedan registros de que llegó a contratar a un empleado dedicado exclusivamente a calcular con precisión y donar el 10% de sus ingresos.

El diezmo, una enseñanza cristiana de “devolver el 10% de los ingresos a Dios” con base en el Antiguo Testamento, fue una constante de su vida, que mantuvo la frugalidad y la sencillez incluso en la cima de la riqueza.

De contable a fundar la Standard Oil de Rockefeller

En 1859, John fundó la empresa comisionista “Clark & Rockefeller” junto a su amigo Maurice Clark. Gracias en parte a la demanda excepcional de la Guerra Civil, el negocio iba bien.

Ese mismo año, E. L. Drake tuvo éxito en la perforación mecánica de petróleo en Pensilvania, y la industria petrolera dio un paso revolucionario. En ese momento, el petróleo empezaba a llamar la atención como un nuevo combustible para reemplazar el aceite de ballena. “Clark & Rockefeller” incorporó rápidamente el petróleo a sus productos. A partir de ahí comienza la construcción del imperio petrolero de John.

Cuando quiso invertir más agresivamente en la industria en pleno crecimiento, entró en conflicto con su socio Clark. Por eso compró las acciones de Clark y en 1865 fundó “Rockefeller & Andrews” con un nuevo socio, Sam Andrews.

Pidió dinero prestado al banco y compró una fábrica de refinación de petróleo en Cleveland. John iba a la fábrica desde temprano en la mañana y supervisaba todos los procesos; contrató químicos para aumentar la eficiencia del procesamiento y buscó la manera de aprovechar los subproductos de la refinación que hasta entonces se desechaban.

La fábrica mejoró su rendimiento de manera constante y en pocos años alcanzó la mayor capacidad de refinación de Cleveland. El éxito generó confianza y los bancos le prestaron cada vez más. John reunió varias empresas del sector y fue absorbiendo a sus competidores uno tras otro. Finalmente, en 1870, fundó “Standard Oil Company (Standard Oil of Ohio)” con un capital de 1 millón de dólares.

Junto a su amigo y socio comercial Henry Flagler, comenzó a reunir las empresas de producción y refinación de petróleo dispersas en un único y poderoso fideicomiso. A sus competidores los puso ante una sola elección: unirse o arruinarse.

Cómo Standard Oil llegó a dominar cerca del 90% del mercado

El secreto de su dominio no fue la exploración. Al inicio, Rockefeller no incursionó en la extracción de crudo, sino que buscó controlar la producción e integrar a las refinerías monopolizando el transporte.

Firmó contratos especiales con las compañías ferroviarias y expulsó a otras empresas mediante tarifas con descuento. En 1882 se organizó el “Standard Oil Trust”, que centralizó bajo fideicomisarios el control de decenas de compañías relacionadas con el petróleo y llegó a dominar alrededor del 90% del negocio de producir, transportar, refinar y vender petróleo y sus derivados.

Pero la ventaja real venía de una obsesión casi maniática por los detalles y la eficiencia. Por ejemplo, examinó minuciosamente la cantidad de soldadura usada para sellar las latas de petróleo en cada fábrica y ordenó probar con 39 gotas en lugar de las 40 que se usaban. Con 39 gotas había fugas; con 39,5 el sellado se mantenía. Ese ahorro a nivel de cada gota se tradujo en una diferencia enorme de gastos a lo largo del año.

Además, la gasolina que se generaba en la refinación y se desechaba como “producto innecesario” pasó a reutilizarse como combustible para sus propias fábricas, logrando precios que otros no podían imitar. Pasó a producir internamente o adquirir por su cuenta los barriles de petróleo y el ácido sulfúrico, aplicando un control de costos hasta el nivel del centavo.

Esa misma frialdad se demostraba en sus negociaciones. Mientras analizaba los libros contables del rival, lo convencía con números: “A este ritmo, su negocio fracasará en dos años”, y procedía a adquirir o eliminar sin piedad a las empresas que no eran competitivas. El precio del queroseno cayó de 26 centavos por galón en 1870 a 8 centavos en 1885, entregándolo barato a los hogares comunes mientras, en paralelo, construía un sistema que controlaba el 90% del mercado.

El hombre más rico de la historia: las cifras reales

Rockefeller se convirtió en el primer multimillonario en la historia de los Estados Unidos, y suele considerarse uno de los primeros multimillonarios modernos del mundo.

Su patrimonio personal alcanzó aproximadamente los 900 millones de dólares en 1913. Al convertir esa cifra a valor de hoy aparecen los números contradictorios que circulan: ajustada solo por inflación, equivale a unos 29.000-30.000 millones de dólares actuales; medida como proporción de la economía estadounidense de su época, puede superar los 400.000 millones.

No hay una única “cifra real”: depende de si se mide poder de compra o participación en la economía. Por eso se le sigue ubicando en la cima de muchos rankings históricos de riqueza.

Comparativa del patrimonio de Rockefeller medido por inflación vs proporción económica
No hay una sola cifra real: el patrimonio cambia según cómo se mida.

Conviene no confundir dos números distintos. El patrimonio de 900 millones es su pico en un momento dado; aparte, a lo largo de toda su carrera se estima que generó cerca de 1.500 millones de dólares provenientes de Standard Oil y otras inversiones. Una cifra es la foto; la otra, la película completa.

Críticas, antimonopolio y crisis personal

Aunque acumuló una riqueza inmensa, las críticas del público se hacían más fuertes día a día. Al absorber una tras otra a las empresas competidoras y expulsar del mercado a las pequeñas y medianas, comenzó a recibir duras críticas como “símbolo del capital monopólico”.

Los críticos lo acusaron de reprimir la competencia, de soborno, de colusión con las compañías ferroviarias e incluso de presionar a la Casa Blanca en beneficio de su propio negocio.

La presión política terminó en ley. En 1890, el Congreso aprobó la Ley Sherman Antimonopolio, que prohibía los fideicomisos y otras asociaciones que restringieran el comercio, fruto del rechazo social y político hacia las grandes corporaciones monopolísticas. En 1911, la Corte Suprema ordenó la división de Standard Oil, de la que se formaron decenas de empresas —34 nuevas compañías—. Entre sus “descendientes” se encuentran gigantes petroleros como Exxon Mobil y Chevron.

La ironía es que la disolución lo hizo aún más rico: con la liquidación de acciones nacieron “acciones fraccionarias baratas” de Standard Oil y de las empresas divididas, aparecieron corredores especializados, el público acudió en masa a Wall Street y el alza de los precios incrementó todavía más sus activos.

El costo personal, en cambio, no se midió en dólares. La condena pública lo lastimó profundamente y el fuerte estrés minó su salud. A mediados de los cincuenta desarrolló una alopecia extrema, llegando a perder el cabello de la cabeza y hasta las cejas. Su médico le advirtió que su vida corría peligro y, en 1897, enfermo, se retiró de la primera línea de los negocios a los 58 años. Para alguien que se había abierto camino con el poder de la disciplina, el rechazo de la sociedad y los problemas de salud sacudieron su orgullo desde la raíz.

Fue también cuando entendió el valor de la reputación. John y su hijo, John D. Rockefeller Jr., contrataron alrededor de 1914 a Ivy Lee (1877-1934) como asesor de relaciones públicas. Lee ha pasado a la historia como uno de los pioneros de las relaciones públicas modernas.

Hasta entonces, la comunicación corporativa tendía a transmitir de forma unilateral la imagen que la empresa quería mostrar; Lee, en cambio, defendía una relación más abierta con la prensa y dio importancia a la información precisa. Ayudó a profesionalizar herramientas que hoy son comunes: comunicados de prensa, boletines informativos, relación activa con medios y comunicación corporativa más estructurada.

Uno de sus casos más célebres fue el de un accidente de tren de la Pennsylvania Railroad: la empresa quería ocultar los hechos, pero Lee propuso lo contrario, emitió un comunicado de inmediato y reveló la información, en lo que se considera el primer comunicado de prensa de la historia.

Su primer trabajo para Standard Oil fue manejar los medios durante una huelga a gran escala en una mina de carbón en Colorado, donde aconsejó: “Las mentiras serán descubiertas. Digan la verdad y publiquen franca y abiertamente sus propios puntos de vista”.

Se dice que John, que no sabía cómo proceder, agradeció el consejo diciendo que era la primera vez que escuchaba uno tan franco. Gracias a esas actividades, la imagen de John y de la familia Rockefeller se recuperó considerablemente.

Del hombre más rico al mayor filántropo

Tras anunciar su retiro, Rockefeller cambió su misión de “acumular una enorme fortuna” a “usar una enorme fortuna”. Bajo la convicción de que quienes poseen riqueza tienen una responsabilidad hacia la sociedad, dedicó la última parte de su vida a destinar enormes sumas a ciencia, educación y medicina.

A lo largo de su vida donó entre 530 y 540 millones de dólares a obras de caridad, y fue considerado el mayor filántropo de la historia de los Estados Unidos.

Ese giro tenía una coherencia íntima con su carácter. En sus últimos años conservó la costumbre de entregar monedas de 10 centavos a las personas que conocía: las mismas monedas de 10 centavos del precio de la libreta que compró con su primer salario a los 16 años. En esa moneda estaba contenida su filosofía: hacer de la frugalidad y la disciplina la piedra angular de la vida.

Infografía cronológica de las instituciones filantrópicas fundadas por Rockefeller
De acumular a destinar: las cuatro instituciones que cambiaron ciencia, educación y salud pública.

Las grandes instituciones que fundó

Universidad de Chicago (1890). Fundada para brindar oportunidades de aprendizaje equitativas a personas de diversos orígenes. John aportó una primera suma de 600.000 dólares, condicionada a que los promotores locales reunieran otros 400.000; el terreno fue donado por el empresario Marshall Field.

Con el tiempo, Rockefeller donó más de 35 millones. La universidad se convirtió en una de las instituciones de investigación más importantes del mundo, con más de noventa premios Nobel en química, física, economía y otras áreas.

Instituto Rockefeller de Investigación Médica (1901). Hoy Universidad Rockefeller, fue el primer centro de investigación biomédica de los Estados Unidos, fundado bajo el lema “Scientia pro bono humani generis” (Ciencia para el beneficio de la humanidad) para investigar enfermedades infecciosas y salud pública.

De allí salieron logros como el suero antimeningocócico, la vacuna antineumocócica y medicamentos contra la enfermedad del sueño africana, además de descubrimientos sobre los grupos sanguíneos ABO, el papel de los virus en el cáncer y el ADN como transmisor de la información genética. Ha producido más de veinte premios Nobel.

Junta General de Educación (1903). Creada para que todas las personas pudieran recibir educación sin discriminación por raza, género o religión, no solo apoyó la educación sino también la agricultura, la salud y la vida comunitaria.

Se esforzó por establecer escuelas secundarias públicas, abordó la brecha entre el Norte y el Sur que persistió tras la Guerra Civil y los problemas educativos de la población negra. El proyecto llegó a su fin en la década de 1960. John aportó alrededor de 129 millones de dólares; al disolverse, la Junta había aprobado más de 324 millones en fondos totales.

Fundación Rockefeller (1913). Una organización caritativa privada creada para “promover el bienestar de la humanidad”, con actividades a escala mundial. Al inicio se centró en atención médica, salud pública e investigación y educación médica.

John aportó una suma acumulada de más de 182 millones de dólares. Entre sus proyectos con impacto directo en la medicina moderna están el de erradicación de la anquilostomiasis que causaba estragos en el sur de los Estados Unidos y el apoyo al desarrollo de la vacuna contra la fiebre amarilla.

La tradición no terminó con él. Su hijo, John D. Rockefeller Jr., continuó la obra impulsando el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA, 1929), la Iglesia de Riverside (1930) y la protección del Parque Nacional Grand Teton, además del Rockefeller Center, cuyo complejo de rascacielos en Manhattan se construyó entre 1931 y 1947, en plena Gran Depresión, dando trabajo estable a más de 40.000 personas.

La dinastía Rockefeller

John tuvo cuatro hijas y un hijo. El hijo, John D. Rockefeller Jr., heredó el negocio del padre, pero la historia de la familia Rockefeller se extendió mucho más allá del petróleo. A veces se compara a los Rockefeller con el conglomerado británico Rothschild, otra dinastía sinónimo de riqueza y poder a través de generaciones.

William Rockefeller (1841-1922). Hermano menor de John, fundó con él una empresa en Nueva York que, tras la creación de Standard Oil, asumió el control de la división de transporte dentro del Trust. Junto a James Stillman tomó el control de las principales compañías ferroviarias de Texas. Stillman poseía bancos y bienes raíces, entre ellos el City Bank of New York (más tarde National City Bank of New York).

La relación entre las familias Stillman y Rockefeller se estrechó con el matrimonio de dos hijas de William con los hijos de Stillman; en 1890 Stillman se convirtió en director del banco y, con la colaboración de los Rockefeller, lo hizo crecer hasta convertirlo en el más grande de los Estados Unidos.

Nelson Rockefeller (1908-1979). Nieto de John y segundo hijo de Jr., llegó a ser el 41.º vicepresidente de los Estados Unidos. Tras graduarse en Dartmouth, fue miembro de la junta del Rockefeller Center y directivo de una subsidiaria venezolana de Standard Oil.

Más tarde fue Subsecretario de Estado y promovió la integración política y militar regional; elaboró la visión de desarrollo del “Plan del Punto Cuatro”, un programa de apoyo para América Latina impulsado por el presidente Truman. Fue gobernador del estado de Nueva York en 1958 —cumplió cuatro mandatos— y vicepresidente en 1974.

David Rockefeller (1915-2017). El sexto hijo de Jr., banquero con doctorado en economía, comenzó su carrera en el Chase National Bank, que tras fusionarse con el Banco de Manhattan se convirtió en el Chase Manhattan Bank. David lo dirigió como presidente y CEO, haciéndolo crecer hasta tener sucursales en 70 países.

Tras retirarse en 1981, siguió viajando por el mundo: visitó 130 países y en su oficina se guardaban las tarjetas de 150.000 personas influyentes. Siguiendo el ejemplo de su padre y su abuelo, donó decenas de millones de dólares al MoMA, a la Universidad Rockefeller y a su alma mater, Harvard. Falleció de causas naturales a los 101 años.

La fortuna, además, nunca dejó de trabajar. En 1882 la familia creó una “oficina familiar” que con el tiempo se convirtió en un negocio independiente: hoy, Rockefeller Capital Management gestiona los activos de corporaciones y otras familias adineradas.

Según estimaciones citadas por medios financieros, en años recientes la fortuna familiar Rockefeller se ha calculado en torno a los 10.300 millones de dólares, aunque este tipo de cifra debe leerse como una aproximación: la riqueza está distribuida entre descendientes, fideicomisos, fundaciones e inversiones privadas.

Las mejores frases de John D. Rockefeller

Las numerosas citas que dejó Rockefeller ofrecen ideas que siguen vigentes para los emprendedores de hoy.

Sobre la ambición y el éxito

  • “No tengas miedo de renunciar a lo bueno para ir a por lo grandioso.”
  • “Si tu único objetivo es hacerte rico, nunca lo lograrás.”
  • “No creo que haya ninguna otra cualidad tan esencial para el éxito como la perseverancia. Supera casi todo, incluso la naturaleza.”
  • “El secreto del éxito es hacer las cosas comunes de manera extraordinariamente bien.” (Esta frase suele atribuirse a su hijo, John D. Rockefeller Jr.)

Sobre el liderazgo y las personas

  • “Prefiero ganar el 1% del esfuerzo de 100 personas que el 100% de mi propio esfuerzo.”
  • “La capacidad de tratar con la gente es una mercancía tan comprable como el azúcar o el café. Y pagaré más por esa capacidad que por cualquier otra bajo el sol.”

Sobre el dinero y la riqueza

  • “Era algo bueno dejar que el dinero fuera mi esclavo y no hacerme a mí mismo esclavo del dinero.”
  • “La competencia es un pecado.”
  • “Dios me dio mi dinero.”

Sobre la responsabilidad y el dar

  • “La caridad es perjudicial a menos que ayude al receptor a volverse independiente de ella.”
  • “Piensa en dar no solo como un deber sino como un privilegio.”

3 lecciones de Rockefeller para emprendedores hoy

La historia de John D. Rockefeller es fascinante, pero conviene leerla con la cabeza fría. El contexto de Rockefeller —la era dorada del capitalismo estadounidense, antes de que las leyes antimonopolio se aplicaran con fuerza— era irrepetible, y varios de sus métodos serían ilegales hoy. También hubo suerte: estar en la industria correcta en el momento exacto. Nada de esto es un manual que se copia y se pega. Pero sí deja principios que resisten el paso del tiempo.

1. La disciplina con los números le gana al talento. Rockefeller no era el más brillante ni el más carismático; era el más riguroso. El Ledger A, las 39 gotas de soldadura, el control al centavo: su ventaja nació de medir lo que otros ignoraban. Antes de escalar cualquier negocio, conviene saber exactamente de dónde sale y a dónde va cada peso.

2. Controlar la cadena vale más que vender mucho. En lugar de competir solo en precio, Rockefeller integró el transporte, los insumos y la distribución. La lección no es monopolizar —eso ya no es viable ni legal—, sino entender que el margen y el poder de negociación están en controlar aquellos eslabones donde tus competidores dependen de terceros.

3. La riqueza sin propósito termina pesando. Quizás la parte más reveladora no es cómo amasó la fortuna, sino qué hizo con ella. Su frase sobre no hacerse “esclavo del dinero” no es una pose: pasó de acumular a destinar, y ahí encontró un sentido que la sola acumulación nunca le dio. Para cualquiera que construye patrimonio, la pregunta de para qué llega antes de lo que uno cree.


Este artículo es una semblanza histórica con fines informativos, no asesoría financiera. El contexto de Rockefeller fue irrepetible y lo que funcionó en su época no garantiza resultados hoy. Cada decisión financiera es responsabilidad del lector.

La misma frialdad que eliminó competidores y le valió el apodo de “monstruo” terminó convertida en una fuerza que sostuvo a la sociedad. Su figura tiene méritos y deméritos, y opiniones a favor y en contra, pero un hecho es indiscutible: construyó una fortuna inmensa en una sola generación y eligió, al final, devolverla.

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